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¿No ves que me caigo?

Tantas escaleras
Y nunca aprendí a bajarme
Sin que me dieras
El voto de confianza
No tengo más biberón
Y el chupete quedó en otro lado
No ves que me caigo?
Agarrame la mano
Cualquier cosa puede ser más inoportuna
Que vos al teléfono de mi constancia
Por mucho que nos conste
Si una bola no gira
No sirve pa’ nada
Porque esta atascada
Mi amor
Sigo siendo eso que siempre buscaste
Hasta que lo tuviste
Y hoy lo queres tanto
Que te encanta tenerlo
Y hoy estoy canabico corazón
Que no le encuentro el pelo
Al huevo que tengo
Delante de mi vista
Quien te dijo que nadie llegaba
Después de estos dos
Que golpearon la puerta y no saben
A que fiesta vinieron
Ves que es bola y no gira
No sirve pa’ nada
Porque esta atascada
Mi amor
No todo orgasmo acaba bien amor
No todo

Un minuto…

Estaba entusiasmado como rey en los caminos
yo que nunca hasta ahora de mi barrio había salido
Estaba ejercitando una garganta desprolija
fue un chiste, fue la vida o una mueca del destino
Estaba empezando a preguntarme cosas raras
qué busca la gente cuando uno solo canta
Será la necesidad de no sentirse nadie
soy uno más de ellos y menos uno en casa
La vida dibujó una sonrisa en mi cara
y en un minuto triste la borró como si nada
Ay de mí, ay de vos
ay de todos
Estaba jugando a extender mi único sueño
mi sangre despertaba en el crepúsculo del día
Estaba debatiendo entre la gloria y tropiezo
si era buen amante, tormentoso, callejero
Estaba despidiendo viejas penas en la vida
estaba descubriendo el valor de la dulzura
si era apasionado, o un tonto de atropellos
si tenía fundamentos o era pura espuma
La vida dibujó una sonrisa en mi cara
y en un minuto triste la borró como si nada
Ay de mí, ay de vos
ay de todos
En un país de heridas, donde nunca se las cierra
dormimos todos juntos sobre penas nuevas
La luna va al eclipse y el sol se queda solo
y al viejo laberinto le cuesta abrir la puerta
La vida dibujó una sonrisa en mi cara
y en un minuto triste la borró como si nada
Ay de mí, ay de vos
ay de todos.

 

 

Zamba de amor en vuelo…

 

Como un tizón encendido,
Ardiendo adentro mi sangre,
Tu sombra viene conmigo
Y no la puedo arrancar.

Te llevo por los caminos,
Como un abrojo prendido,
Prendido a mi caminar.

Te llevo por los caminos,
Como un abrojo prendido,
Prendido a mi guitarrear.

Por esas ramas del viento
Veo anunciado tu pelo,
Y en los alambres del tiempo
Jirones de soledad.

Se deshilacha el recuerdo
Sabiendo que estas muy lejos
Y que ya no volverás.

Se deshilacha el recuerdo
Sabiendo que estas muy lejos
De aquella nuestra verdad.

Sophie Tucker – Some of These Days (1926)

Canción que es nombrada en “La Nausea” de Jean Paul Sartre. Supongo que en algún momento de su existencia la escucho. Como lo hago yo y como lo haces tu. Porque nosotros pereceremos, pero el arte sobrevivirá. Al menos eso cree el Mihai del presente.

Saludos lectores…

 

 

Aquí un fragmento:

Pienso en un americano afeitado, de espesas cejas negras, que se ahoga
de calor en el piso veinte de un inmueble de Nueva York. Encima de Nueva
York, el azul del cielo se ha inflamado; enormes llamas amarillas vienen a lamer
los techos; los chicos de Brooklyn se ponen, en pantalones de baño, bajo las
mangueras. El cuarto oscuro, en el piso veinte, se cocina a fuego vivo. El
americano de las cejas negras suspira, jadea y el sudor le corre por las mejillas.
Está sentado, en mangas de camisa, delante del piano; tiene un gusto a humo en
la boca, y vagamente, vagamente, el fantasma de una melodía en la cabeza,
“Some of these days”. Tom vendrá dentro de una hora con su frasco chato sobre
la nalga; entonces se desplomarán los dos en los sillones de cuero y beberán
grandes vasos de alcohol y el fuego del cielo inflamará sus gargantas, sentirán el
peso de un inmenso sueño tórrido. Pero primero hay que anotar esta melodía.
“Some of these days”. La mano húmeda toma un lápiz sobre el piano. “Some of
these days you’ll miss me honey”.
Sucedió así. Así o de otro modo, poco importa. Así nació. Escogió para nacer
el cuerpo gastado de ese judío de cejas como carbón. Sujetaba blandamente el
lápiz y gotas de sudor caían de sus dedos enjoyados al papel. ¿Y por qué no yo?
¿Por qué se necesitaba precisamente ese gordo estúpido lleno de cerveza sucia y
de alcohol para que se cumpliera el milagro?
—Madeleine, ¿quiere poner de nuevo el disco? Una vez más, antes de que me
vaya.
Madeleine se echa a reír. Hace girar la manivela y la cosa empieza de nuevo.
Pero ya no pienso en mí. Pienso en aquel tipo que compuso esta melodía, un día
de julio, en el calor negro de su cuarto. Trato de pensar en él a través de la
melodía, a través de los sonidos blancos y acidulados del saxofón. Hizo esto.
Tenía dificultades, no todo le iba como Dios manda: cuentas que pagar —y
además debía de haber por ahí alguna mujer que no pensaba en él como lo
hubiera deseado—, y además había esa terrible ola de calor que transformaba a
148 Jean Paul Sartre
La Náusea
los hombres en charcos de grasa derretida. Todo aquello no tenía nada de muy
lindo ni de muy glorioso. Pero cuando oigo la canción y pienso que la hizo aquel
tipo, considero… conmovedores su sufrimiento y su transpiración. Tuvo suerte.
Por lo demás, no se habrá dado cuenta. Debió de pensar: ¡con un poco de suerte,
sacaré unos cincuenta dólares! Es la primera vez desde hace años, que un
hombre me parece conmovedor. Quisiera saber algo sobre ese tipo. Me
interesaría conocer sus dificultades, si tenía una mujer o si vivía solo. No por
humanismo; al contrario. Porque hizo todo esto. No tengo ganas de conocerlo;
además quizá haya muerto. Obtener sólo algunos informes sobre él y poder
pensar en él, de vez en cuando, al escuchar este disco Eso es. Supongo que a
aquel tipo no le haría ni fu ni fa si le dijeran que en la séptima ciudad de Francia,
en los alrededores de la estación, hay alguien que piensa en él. Pero yo sería feliz
si estuviera en su lugar; lo envidio. Tengo que irme. Me levanto, pero vacilo un
instante, quisiera oír cantar a la negra. Por última vez.
Canta. Dos que se han salvado: el judío y la negra. Salvado. Quizá hasta el fin,
se hayan creído perdidos, ahogadas en la existencia. Y sin embargo, nadie podría
pensar en mí como yo pienso en ellos, con está dulzura. Nadie, ni siquiera Anny.
Para mí son un poco como muertos, un poco como héroes de novela; se han
lavado del pecado de existir. No por completo, claro, pero tanto como puede
hacerlo un hombre. Esta idea me trastorna de golpe, porque ni siquiera la
esperaba ya. Siento que algo me roza tímidamente y no me atrevo a moverme
por temor de que se vaya. Algo que ya no conocía, una especie de alegría.
La negra canta. ¿Entonces es posible justificar la propia existencia? ¿Un
poquitito? Me siento extraordinariamente intimidado. No es que tenga mucha
esperanza. Pero soy como un tipo completamente helado que después de un
viaje por la nieve, entrara de pronto en un cuarto tibio. Pienso que se quedaría
inmóvil cerca de la puerta, frío aún, y lentos temblores recorrerían todo su
cuerpo.

Confesiones de Invierno

Me echó de su cuarto gritándome:
“No tienes profesión”
Tuve que enfrentarme a mi condición
En invierno no hay sol
Y aunque digan que va ser muy fácil
Es muy duro poder mejorar
Hace frío y me falta un abrigo
Y me pesa el hambre de esperar

Quién me dará algo para fumar
O casa en que vivir?
Sé que entre las calles debes estar
Pero no se partir
Y la radio nos confunde a todos
Sin dinero la pasaré mal
Si se comen mi carne los lobos
No podré robarles la mitad

Dios es empleado en un mostrador
Da para recibir
Quién me dará un crédito, mi señor?
Solo se sonreir
Y tal vez esperé demasiado
Quisiera que estuviera aquí
Cerrarán la puerta de éste infierno
Y es posible que me quiera ir

Conseguí licor y me emborraché
En el baño de un bar
Fui a dar a la calle de un puntapié
Y me sentí muy mal
Y si bien yo nunca había bebido
En la cárcel tuve que acabar
La fianza la pagó un amigo
Las heridas son del oficial

Hace cuatro años que estoy aquí
Y no quiero salir
Ya no paso frío y soy feliz
Mi cuarto da al jardín
Y aunque a veces me acuerdo de ella
(Dibujé su cara en la pared)
Solamente muero los domingos
Y los lunes ya me siento bien

Sui Generis

Palabras para mi armónica.

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Me supiste acompañar en mis largas noches de soledad. En aquel trabajo frente al Río de la Plata, allá por Argentina. Supiste darme horas y horas de música que llenaron el hueco que se encontraba en mi pecho. Se que me extrañas y sabes que te extraño, pero aquel mendigo te necesitaba mas que yo. Opte por donarte. Por darle a aquella persona un regalo del alma. Porque yo también se lo que es estar solo en un país lejano al propio (aunque aun no determino de que país soy). Porque yo también sufro del desempleo. De la discriminación. De no haber nacido con un pan bajo el brazo ni en cuna de oro. Somos de los que las peleamos desde abajo. Pero con un corazón gigante. Eso lo note y por eso te regale mi instrumento. El destino proveera. Espero que lo disfrutes y te haga compañía.

Post dedicado a un emigrante de Egipto que encontré durante un viaje de Rumania a España, este se encontraba mendigando frente a una estación de servicio en Italia.  Le toque mi armónica y posteriormente se la regale. La ultima vez que la use. Al rato se levanto, y vino donde me encontraba comiendo y charlamos: me contó su historia de lucha. Posteriormente regreso a su casa. Me dijo que iría a la escuela técnica y que estaba aprendiendo un oficio. Eternamente agradecido en ambos sentidos. El hombre es hombre en cualquier lado del mundo, aun no comprendo como hay gente que discrimina y se cree superior. Mala gente que camina y va apestando la tierra como diría mi amigo Antonio Machado. Y vos ¿Cuando fue la ultima vez que hiciste algo por un hermano desconocido?

La andariega…

 

(Zamba)

Que nunca me olvidaría,
siempre sabia jurar.
Hoy, que me encuentro tan lejos,
¿quién sabe, mi alma, si se acordará?

La pobre esperanza mía
mucho me supo ayudar.
Hoy me lastiman las dudas:
¿quién sabe, mi alma, si se acordará?

Me acuesto sobre el apero;
triste me pongo a pensar:
toda la vida es ausencia,
¿quién sabe, mi alma, si se acordará?

Esta zambita andariega,
nacida en el arenal,
de tanto vagar conmigo
sabe mi pena de andar y de andar.

Nunca me ha dado la vida
un rancho donde soñar.
Yo me desangro en la huella,
¿quién sabe, mi alma, si se acordará?