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Memorias de un joven despechado…

En el poder de mi pluma todos los encantos.

Al vaivén de las palabras te sueño en silencio. El canto de mi alma exige tu respuesta, la sinceridad del ser. ¿Porque no apareces amor compañero? ¿Porque no luchas por tus sueños? ¿Acaso guardas algo que deba en vano desear?. Brillara el sol en la mañana y saldremos del castillo como dos almas gemelas. Tendrás el canto de mi alma, tendré tu mirada sincera. Te regalare puñados de rosas palabras y verdes atardeceres. Nos encontrara la noche estrellada abrazados y esa luna… oh que puedo decir de ella; Solo espero que esta vez sea creciente. Crearemos nuevos recuerdos que borren los dolores del pasado, cumpliremos sueños y seremos una sola esencia surcando el mundo de lo desconocido.
No es que no tengo ganas de verte. A decir verdad, me derrito con la luz de tu figura. ¿Pero como explicarle al mundo que me enamoro de sueños y no de una figura. Aquella tarde noche del treintaiuno realmente quería estar ahí…
¿O me miento y en realidad quería estar en Cuba? ¿Que deseaba mi corazón realmente en ese momento? No me puedo sincerar. No se a quien ame mas. No se a quien amo mas…A ti, a tu hermana, al amor que voló, al que llego al poco tiempo. Tantas aventuras en tan poco tiempo me convirtieron en Santo. Seguiré viviendo esta corta y efímera existencia de manera solitaria pero pensando siempre en los amores del pasado, que a decir verdad, es por ellos que existo.

 

 

 

 

 

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Artes Dramáticas…

Las conversaciones se sucedían unas a otras en un constante devenir. Comprendía que el reloj se detenía cada vez que se encontraban juntos, y por desgracia a pesar de que para los dos funcionaba de la misma manera, no lo hacía igual para la realidad. Aquella vez caminaron hacia el río a la par. Habían acordado encontrarse azarosamente en algún tramo del camino que une el río con su facultad. Así fue a las cinco de la tarde el comenzó a caminar en sentido opuesto al río y ella en dirección contraria. Se encontraron en medio del camino. Ella levanto la mirada y con una dulce sonrisa, se acercó a saludarlo. Su corazón latía eufórico y temía que el momento lo dejara sin palabras. Afortunadamente los miedos cesaron con el primer saludo, que, para una primera cita, fue lo bastante ameno y natural. Él no podía dejar de admirar aquella fina belleza, esos ojos expresivos que constantemente pedían más ojos, aquellas dos trenzas perfectamente formadas y la elegancia del andar. Ella por su parte tampoco podía dejar de creer que aquel joven alto y apuesto, al que había visto de manera azarosa por distintos lugares de la ciudad, se encontrara junto a ella en aquella tarde cálida de verano. Era sin duda un acontecimiento sin igual. Dos seres que se habían deseado durante meses se encontraban por fin cara a cara. Él le reprochó haberla buscado por cielo y tierra y que tras haberla encontrado – en aquella- su facultad, ella estuviera muy ocupada con sus tareas de organización política. Por su parte ella alego el hecho de que sus métodos investigativos para dar con el paradero de él fueron arduos, y que terminaron dando sus frutos. Confeso que jamás hubiera imaginado el nombre y que nadie de su entorno conocía a ese joven militante de la facultad de ciencias médicas que se había hecho presente en las épocas de elecciones estudiantiles. Con el correr de los días y los meses, pudo conseguir el nombre invitarlo a salir. Claro que todo ello no importaba porque ya se encontraban caminando hacia el río, ambos felices por tener esa oportunidad. El mundo pasaba junto a ellos, pero eso poco importaba. La conexión era tan intensa que ciertas veces había que cambiar inmediatamente de tema de conversación para no demostrar que poco importaba el tópico, en la medida que fuera entre ellos dos. Los aviones despegaban con una frecuencia relativamente constante como para lograr que ambos miraran al cielo asiduamente. Poco importaba, a decir verdad, porque para ellos el cielo era la tierra. Llegaron al río y las olas rompían contra la contención. El mar se encontraba calmo y las gaviotas sobrevolaban la costa planeando al son del viento. Comenzaron a hablar de su historia, de sus padres, sus familiares, las relaciones entre ellos, la facultad, la política universitaria, el arte, las ciencias, la sucesión de temas era constante y jamás se llegaba a un desenlace, como si aquella primera cita fuera algo más que tan solo eso, una primera cita. Como si ese fuera el primer día de una vida en compañía. Miraba sus expresiones y se preguntaba porque hasta el día de la fecha no había conocido a nadie con tantas y tantas maneras de expresarse. Estaba claro que aquella estudiante de artes dramáticas comprendía muy bien las distintas emociones y además tenía la capacidad de poder trasmitirlas. Era la belleza personificada, era el talento, la expresión humana hecha carne. Sabía que se encontraba levemente disminuido frente a tal poder. Él, que creía conocer los sentimientos del hombre, sus emociones más remotas y ocultas, comprendió que todo aquello que se presentaba ante él le resultaba desconocido. Observo sereno todo aquello esperando aprender en cada gesto, en cada mirada que ella le regalara. Ella por su parte comprendió que su mundo era una burbuja, el teatro y el ambiente universitario en el que se movía era un microambiente donde tan solo se relacionaba con gente de su mismo entorno. El representaba para ella la puerta abierta hacia el mundo, la posibilidad de ampliar sus conocimientos de otras realidades, de otros universos que tan solo había conocido en cuentos. Eran dos almas caminando al unísono, una simbiosis para ambos productiva. El no paraba de hablar y ella no dejaba de preguntar; eso cuando él tomaba la iniciativa. Por otro lado, cuando ella cuestionaba algo sobre su manera de expresarse el consultaba como podía mejorar y entonces ella con total normalidad le mostraba no una, sino varias maneras de expresar lo mismo. Era sin duda productivo para ambos, ella joven revolucionaria, abrió un universo de posibilidades imaginado en la mente estructurada de él, que a decir verdad, hasta ese momento de su vida no había visto tantas aristas distintas a una misma realidad. Llegaron a aquel lugar frente al río, que como todo espacio público de la gran ciudad se ve enrejado por cuestiones de seguridad, o como les gustaba decir a ellos, para que los pobres indigentes no osaran hacer de los espacios públicos su hogar. Políticas de la gestión derechista de aquella ciudad. Saltaron la reja con cuidado de no ser observados por nadie. Llegaron frente al río y prepararon el equipo de mate. Ella se sorprendió porque a pesar de no llevar mochila, él se las había arreglado para traer el mate, la bombilla, el celular y alguna que otra cosa tan solo en los bolsillos. El recalco que las bombachas camperas tienen esa gran ventaja frente a los Jeans convencionales. Ese sería el inicio de la cita que duraría unas doce horas y donde los tópicos se sucedían uno tras otros mientras existía entre ellos la vergüenza del primer encuentro, la tensión previa al primer beso. De todas formas, poco importaba en aquel momento, porque ellos estaban ahí y simplemente eran, dejándose sorprender con lo que el destino les quisiera regalar.

Continuara…

 

 

Ella y él.

Las conversaciones se sucedían unas a otras en un constante devenir. Comprendía que el reloj se detenía cada vez que se encontraban juntos, y por desgracia a pesar de que para los dos funcionaba de la misma manera, no lo hacía igual para la realidad. Aquella vez caminaron hacia el río a la par. Habían acordado encontrarse azarosamente en algún tramo del camino que une el río con su facultad. Así fue a las cinco de la tarde el comenzó a caminar en sentido opuesto al río y ella en dirección contraria. Se encontraron en medio del camino. Ella levanto la mirada y con una dulce sonrisa, se acercó a saludarlo. Su corazón latía eufórico y temía que el momento lo dejara sin palabras. Afortunadamente los miedos cesaron con el primer saludo, que, para una primera cita, fue lo bastante ameno y natural. Él no podía dejar de admirar aquella fina belleza, esos ojos expresivos que constantemente pedían más ojos, aquellas dos trenzas perfectamente formadas y la elegancia del andar. Ella por su parte tampoco podía dejar de creer que aquel joven alto y apuesto, al que había visto de manera azarosa por distintos lugares de la ciudad, se encontrara junto a ella en aquella tarde cálida de verano. Era sin duda un acontecimiento sin igual. Dos seres que se habían deseado durante meses se encontraban por fin cara a cara. Él le reprochó haberla buscado por cielo y tierra y que tras haberla encontrado – en aquella- su facultad, ella estuviera muy ocupada con sus tareas de organización política. Por su parte ella alego el hecho de que sus métodos investigativos para dar con el paradero de él fueron arduos, y que terminaron dando sus frutos. Confeso que jamás hubiera imaginado el nombre y que nadie de su entorno conocía a ese joven militante de la facultad de ciencias médicas que se había hecho presente en las épocas de elecciones estudiantiles. Con el correr de los días y los meses, pudo conseguir el nombre invitarlo a salir. Claro que todo ello no importaba porque ya se encontraban caminando hacia el río, ambos felices por tener esa oportunidad. El mundo pasaba junto a ellos, pero eso poco importaba. La conexión era tan intensa que ciertas veces había que cambiar inmediatamente de tema de conversación para no demostrar que poco importaba el tópico, en la medida que fuera entre ellos dos. Los aviones despegaban con una frecuencia relativamente constante como para lograr que ambos miraran al cielo asiduamente. Poco importaba, a decir verdad, porque para ellos el cielo era la tierra. Llegaron al río y las olas rompían contra la contención. El mar se encontraba calmo y las gaviotas sobrevolaban la costa planeando al son del viento. Comenzaron a hablar de su historia, de sus padres, sus familiares, las relaciones entre ellos, la facultad, la política universitaria, el arte, las ciencias, la sucesión de temas era constante y jamás se llegaba a un desenlace, como si aquella primera cita fuera algo más que tan solo eso, una primera cita. Como si ese fuera el primer día de una vida en compañía. Miraba sus expresiones y se preguntaba porque hasta el día de la fecha no había conocido a nadie con tantas y tantas maneras de expresarse. Estaba claro que aquella estudiante de artes dramáticas comprendía muy bien las distintas emociones y además tenía la capacidad de poder trasmitirlas. Era la belleza personificada, era el talento, la expresión humana hecha carne. Sabía que se encontraba levemente disminuido frente a tal poder. Él, que creía conocer los sentimientos del hombre, sus emociones más remotas y ocultas, comprendió que todo aquello que se presentaba ante él le resultaba desconocido. Observo sereno todo aquello esperando aprender en cada gesto, en cada mirada que ella le regalara. Ella por su parte comprendió que su mundo era una burbuja, el teatro y el ambiente universitario en el que se movía era un micro ambiente donde tan solo se relacionaba con gente de su mismo entorno. El representaba para ella la puerta abierta hacia el mundo, la posibilidad de ampliar sus conocimientos de otras realidades, de otros universos que tan solo había conocido en cuentos. Eran dos almas caminando al unísono, una simbiosis para ambos productiva. El no paraba de hablar y ella no dejaba de preguntar; eso cuando él tomaba la iniciativa. Por otro lado, cuando ella cuestionaba algo sobre su manera de expresarse el consultaba como podía mejorar y entonces ella con total normalidad le mostraba no una, sino varias maneras de expresar lo mismo. Era sin duda productivo para ambos, ella joven revolucionaria, abrió un universo de posibilidades imaginado en la mente estructurada de él, que a decir verdad, hasta ese momento de su vida no había visto tantas aristas distintas a una misma realidad. Llegaron a aquel lugar frente al rio, que como todo espacio público de la gran ciudad se ve enrejado por cuestiones de seguridad, o como les gustaba decir a ellos, para que los pobres indigentes no osaran hacer de los espacios públicos su hogar. Políticas de la gestión derechista de aquella ciudad. Saltaron la reja con cuidado de no ser observados por nadie. Llegaron frente al rio y prepararon el equipo de mate. Ella se sorprendió porque a pesar de no llevar mochila, él se las había arreglado para traer el mate, la bombilla, el celular y alguna que otra cosa tan solo en los bolsillos. El recalco que las bombachas camperas tienen esa gran ventaja frente a los Janes convencionales. Ese sería el inicio de la cita que duraría unas doce horas y donde los tópicos se sucedían uno tras otros mientras existía entre ellos la vergüenza del primer encuentro, la tensión previa al primer beso. De todas formas, poco importaba en aquel momento, porque ellos estaban ahí y simplemente eran, dejándose sorprender por lo que el destino les quisiera regalar.

Continuara…

Poema de César Vallejo

Los heraldos negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido 
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

César Vallejo.

Poesía de trasnoche [1]

 

Con versos decadentes en murales descascarados

Escribo grafitis de olvido para besos desparramados

Con ayeres negros imagino blancas fantasías

Con inspiración de poeta ansío respuestas de sordo

Me olvide que me olvidaste loca traicionera

Y lo que ayer fue hoy se nos vuela

Pateo las ilusiones y ya no te estorbo

Pero recuerda que un día

Supiste ser mía

Y yo tuyo.

Más ojos [2]

 

Me gustaba su mirada porque siempre pedía más ojos. Su expresión era clara marca de que sabía lo que hacía, su constante interacción en la facultad de artes dramáticas con otros alumnos dejaba ver que la interacción solo puede tener efectos positivos en el ser humano. Sus expresiones faciales me demostraban que sabía muy poco acerca de emociones humanas, o quizás que comprendía vagamente como se expresaban cada una de ellas en un rostro femenino. Tanta anatomía fría, tantos orbiculares, tantos depresores y cigomáticos me habían hecho olvidar que solo tienen sentido cuando se usan para expresar emociones, y si vienen de la mano de una joven, bella, y carismática niña de artes dramáticas mucho mejor.  Su actitud frente a la vida fue lo que me enamoro, descuidada frente a convenciones sociales, solía saltar los molinetes del subte sin la mayor preocupación, incluso cuando la gente la observaba, fingir una sonrisa al colectivero para comprar con una bello semblante su ticket de viaje y demostrar así que todas las reglas se pueden romper y que solo depende de la situación. El presente se construía a cada paso con ella, fiel a las líneas del socialismo me enseñó a comprender mejor los principios que hay detrás de esos ideales. La policía y su vida rígida, fría, conservadora, guiada por estructuras duras era lo que más le molestaba, me enseño que el ser es sensible al paso del tiempo, es moldeable, es adaptable, y que lo primero es la libertad. Los policías se encontraban exactamente en el polo opuesto a esa libertad, fiel a la orgánica del sistema, un sistema más que corrupto desde la conducción hasta la base. Claro que para comprenderla  tuve que perderla, o mejor dicho tuvimos que perdernos, porque solo así pude comprender que dos seres se tienen mutuamente pero en libertad. Su recuerdo lejos de lastimarme me alegra la existencia motivo por el cual la rememoro constantemente en mis textos.  Desde aquí mis respetos y agradecimiento por todo lo enseñado.