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Buenos Aires [1]

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Cinco cincuentainueve, seis. Termino el día. Guardo todas mis pertenencias, cierro el cuaderno, recojo mi cargador, mi cartuchera y mis auriculares. Me cercioro de que no olvido mi pipa ni mi tabaco. Cuento el dinero de la caja, armo los fajos de billetes ordenándolos de a mil, los de cien con los de cien, los de cincuenta con los de cincuenta, cada cual prolijamente cara con cara. Pongo una gomita a cada uno para que queden debidamente sujetos y no haya pérdida alguna, no vaya a ser cosa de que la caja no cierre correctamente. Miro por la esquina de mi oficina y llega mi compañero, alguna que otra palabra de cargada y salgo hacia la oficina de los jefes. Llegar primero tiene sus beneficios. De lo contrario tendré que esperar a que rindan los demás para poder marcharme, unos minutos son unos minutos y lo que para otros es superfluo para mí siempre fue cuestión de vida o muerte. Rindo tras dos compañeros, ficho con el dedo como ayer pero con la alegría de que el cielo hoy está despejado. Saludo al jefe -que desde el primer día, cada vez que lo miro sé que era jefe solo porque había pasado más tiempo arrodillado-, y  no se trataba de alguien muy católico que digamos. Saludo a mis compañeros con un “que descanses, o un nos vemos a la noche”. Es que cuando uno sale de trabajar a las seis de la mañana ciertas cosas cambian totalmente. Camino tranquilo en esta época del año. Como buen calculador me cerciore del horario de salida del sol. En esta época del año me espera un poco más. Sale a eso de las seis y cuarto. Lamentablemente no siempre es exacto el servicio meteorológico, lo comprobé a lo largo de los días. Pero mi tiempo vale demasiado como para enviarles alguna crítica o corrección. Camino lentamente hacia la moto, con mi bolso y el camperón característico de Aeropuertos Argentina 2000, una compañía de gente seria, bueno no en todos los casos. Ciertas veces también de gente incontrolable, con espíritu aventurero, crítica, inconformista, perspicaz, en fin gente fuera de lo normal. Unos metros antes de llegar a la moto oprimo el botón de la alarma, la moto me responde con un juego de luces, como invitándome a que la monte. Pongo el cebador, controlo de que el cambio este en neutro, me acomodo sobre ella y la enciendo.  Caliento el motor con unas aceleradas, porque alguna vez leí que no hay que forzar el motor cuando esta frio. A lo lejos pasa un compañero, “nos vemos mañana me grita” mientras sube gustoso a su auto recién comprado tras cinco años de religiosos pagos. Porque cuando la inflación corre más rápido que una liebre es bastante complicado poder ahorrar un peso y comprar un auto, si a eso le sumamos que hay restricciones a la compra de monedas extranjeras. En fin, situación económica más que complicada la que esta acostumbrada a vivir Argentina. Pienso esto mientras bajo la palanca del cebador. La moto esta lista, acomodo mi bolso en la parte trasera y salgo esquivando la barrera del estacionamiento. De más esta decir que no pago estacionamiento, teniendo en cuenta que es mi lugar de trabajo. A lo lejos escucho un avión que va a despegar, lo reconozco por el ruido ensordecedor característico de las turbinas.  Llego tras tres semáforos al lugar de siempre, a donde tomo mis preciosas fotos, con sueño, porque he estado toda la noche trabajando, pero con ganas de ver eso que tal vez muchos ignoran. Otro amanecer más, con la belleza única e irrepetible. Armo mi cigarro y me siendo en el borde del río a contemplar el horizonte y a perderme una vez más, en mi soledad, en el mar de pensamientos que día a día baña las costas de mi pensamiento. Así un día más en mi pequeño mundo, saco del bolsillo una pluma y en una pequeña agenda anoto lo que pueda rescatar de mi naufragio de ideas. Tal vez mis pequeñas experiencias vitales sirvan para encorajar a otros o tal vez sean tan solo cantos de un alma errante. El tiempo me dirá si estoy en lo correcto.