Archivo de la categoría: Relatos Breves

Cielo estrellado

La carretera se encontraba en total oscuridad. Salvo por la luz que emanaba de su motocicleta. Decidió que aquel era un excelente lugar para detenerse a descansar y apaciguar así la fatiga acumulada del viaje. El cielo por su parte estaba minado de estrellas y se podía apreciar el polvo que se suele ver en las noches sin lunas y sin contaminación lumínica. Así fue que freno para contemplar la noche y disfrutar de un cigarro. Aminoro la marcha y se detuvo en la entrada a una estancia donde estaría a salvo de los peligros del tráfico. Estaciono su moto y se sentó cómodamente sobre ella. El clima era cálido, típico de aquellas latitudes donde uno puede estar en manga corta en plena noche y aun así no sentir frio. Armo pacientemente su cigarro lo encendió y se quedó contemplando el firmamento. Entre aquellos árboles frondosos podía distinguir las distintas constelaciones que a pesar de no saber su nombre le producían un cierto regocijo del alma difícilmente expresable con palabras. Pensó para sí que cuanta gente se privaría de aquellos pequeños placeres que regala la noche y que no pueden ser comprados en ningún escaparate. Cada tanto algún coche pasaba por allí interrumpiendo con aquellas luces que encandilan su meditación nocturna. Al terminar su cigarro, abrió la mochila y busco el estuche que contenía la armónica. Quería agregarle a aquella velada el toque único que ofrece la música cuando está acompañada del más profundo silencio y le da más anhelada soledad. Las notas fluían con una armonía celestial, elevándose una a una en una constante cadena espiral que se dirigía hacia el cielo brillante. La noche estaba desvelada. Comprendió en aquel momento que su esencia, su materia y su efímera existencia estaban compuestas de la misma sustancia que brillaba allí a lo lejos. También pudo comprender que no todo lo que se observa está determinado a ser real y pensó que aquellas estrellas podían encontrarse muertas hacer millones de años y que era una efímera ilusión aquella luz que recibía. Todo ello fluía en su cabeza mientras su boca aspiraba y resoplaba armoniosas melodías. Se encontraba en medio de la noche meditando y pensando que tal vez la vida le regalara un nuevo amanecer.

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Breve historia de un romance…

Él se encontraba más nervioso que de costumbre, pues este sería el segundo encuentro después de aquella primera cita. Habían acordado verse en la casa de la abuela de ella, que para esas horas ya se encontraría durmiendo plácidamente. Así fue que le dio las instrucciones de cómo llegar y qué hacer cuando estuviera frente a su puerta. Era sencillo, cuando llegara a la dirección acordada, abriría lentamente el pasador de la reja principal, con mucho cuidado porque el óxido acumulado por paso del tiempo generaría un leve chirrido que podría alarmar a los perros de los vecinos, luego abriría la puerta del garaje, caminaría con sigilo esquivando los objetos allí presentes y al llegar al final abriría la puerta trasera, que daba a la galería interna de la casa. Allí estaría ella esperándolo con un traje de lencería y una botella de vino. Así fue que con paciencia espero el autobús que lo llevaría hacia la localidad vecina. Unos treinta kilómetros separaban aquel amor, pero la distancia desaparece cuando la pasión se hace presente. Ella lo pensaba constantemente, tanto que olvidaba las llaves puestas, tropezaba en cada vereda, olvidaba modales y se encontraba constantemente como en un limbo existencial; para colmo había cogido una adicción a la comunicación, tanto que no podía dejar de escribirle, cosa que a él ciertas veces le molestaba. Se encontraba tan emocionada de haber encontrado tal espécimen de joven que había comentado a cada una de sus amigas lo que había ocurrido entre ellos en aquella primera cita. Pero esta noche era distinta para ella, sería el primer encuentro romántico. Se sentía algo nuevo para los dos, pues solo se conocían hace unos días y la mayoría del dialogo había sido a través de los mensajes. Sin duda era algo moderno. Ambos sabían, dada la previa excitación del dialogo, lo que les esperaba, pero no podrían imaginar lo que sucedería.

La luna llena alumbraba el cielo que se encontraba totalmente despejado. El ómnibus llego después de una larga espera. Subió y partió al encuentro. Llego y al bajar observo que el lugar estaba bastante despoblado. Camino según las indicaciones que ella le había proporcionado. Al llegar supo que era la casa por la reja oxidada que se encontraba en la entrada, a unos diez metros de la casa. Con cuidado movió el pasador cerciorándose de generar el menor ruido posible. Luego se acercó a la puerta del garaje y observo que se encontraba levemente abierta. Entro sigiloso. El garaje se encontraba en penumbra y de fondo se escuchaban los grillos que cantaban en el patio delantero. Camino con cuidado y unos metros delante observo otra puerta entreabierta y un hilo de luz roja que se filtraba por el espacio que se hallaba entre el marco y la puerta. Al llegar a la puerta se detuvo. Una mezcla de nervios y timidez invadió su cuerpo. Abrió la puerta y allí estaba ella. Radiante con su vestido de encaje, sentada en el suelo. La luz roja procedía de un velador con una mampara, que con forma cónica vertía sobre las paredes ese intenso color rojo. Él se acercó en silencio. La mirada lo decía todo. Ella vertió el vino en ambas copas y brindaron. Apoyaron las copas en el suelo e hicieron el amor, o el amor lo hizo a ellos.

Continuara…

 

Te

Abrí como de costumbre el microondas. Tome la taza marrón, con esa asa con forma de se-mi corazón, agregue el saquito y el agua. Abrí al puerta del microondas y la metí ahí, arriba del plato. Cerré la puerta y escuche el clack de la travita. Después con el pulgar y el indice gire la perilla hasta el numero dos y medio. Sabia que sería demasiado poco así que  la gire hasta el tres. Soy así de rebelde. Espere religiosamente a que se calentara el Té con ese mecanismo que tan poco entiendo y que caracteriza a los microondas. Abrí  la puerta después del ring del timbre. Lo odio, pero a veces me gusta escucharlo. Saque el Té y coloque dos cucharitas de azúcar de caña. Revolví con vehemencia y puse la cucharita a lavar. Ese fue mi yo haciéndose un Té. Por cierto al que le interese era de canela.

Se-be-se (Lobos-Buenos Aires-Argentina)

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Apoyado en mi diafragma esta mi corazón, entre las serosas claro.

A veces creo que el tiempo cura todas las heridas, menos la de la muerte claro, no recuerdo que poeta escribió alguna vez, vino con tres heridas, la del amor, la de la vida y la de la muerte, o algo así. La cuestión es que me vivo enamorando de la gente, soy así. Vivo en un estado de constante estupidez, pero no hay como cambiarme. No tiene nada de malo, solo las decepciones que conllevan tantos despechos. Así fue que durante el CBC (Para los no conocedores de la burocracia Argentina, es el ciclo básico común de acceso a la universidad, en mi caso para Medicina) me enamore de una jovencita compañera de estudios. Su nombre es menester que calle, pero su simpatía fue lo que más me atrajo. Es hora que lo sepa, pues solo así libero mi espíritu de la opresión que acumulo durante tanto tiempo. Creo que llegamos a tener una o dos “pseudocitas”, curioso encuentro si los hay. Caminamos por su pueblo mientras charlábamos quien sabe sobre que asuntos. Creo que sobre temas diversos. Así como cuando uno se deja sorprender por el entorno. Ciertas veces las conversaciones en una primera cita son naturales hasta el punto de quemarnos la lengua, pero otras veces se vuelven tediosas y hasta insoportables. Creo que aquella vez fue muy amena y recuerdo siempre su boca amplia y su sonrisa. La realidad es que no éramos muy compatibles, ella era pimienta y yo nuez moscada, o para ser más claro, ella era verde prado y yo montaña de finos picos. También me hubiera gustado pensar que yo era manantial de aguas cristalinas y ella remanso de oleaje en mar de bahía, pero no viene al caso remarcar diferencias. Pues como lo he dicho, éramos distintos, cada uno único a su manera. Y como ella y yo sabemos, ambos somos conscientes de que nacimos y ambos somos conscientes que feneceremos, y lo que paso entre nosotros  es cosa nuestra.  Más precisamente mía.

Aeropuerto de Eseiza

Aún me quedan tres días y un par de horas para tomar el vuelo y ya me encuentro en el aeropuerto de Eseiza. Falta mucho todavía, pero yo me encuentro próximo a mi partida. Una vez más soy escritor de mi propia vida. Tengo veinticinco años y una larga historia a mis espaldas. En este momento de mi vida abandono la tierra de mi corazón para reencontrarme con mi familia, a decir verdad, no solo abandono mi tierra también algún que otro amor. Podrán tacharme de cobarde o quizás de aventurero. La realidad es que se hace camino al andar; al igual que cantautor uruguayo recientemente fallecido, los amores que contengo son tantos y tantos que por ellos canto. Estoy en el mismo aeropuerto en el que meses atrás partió mi madre, pero ella lo hizo hacia España y yo regreso a Rumanía. ¿Porque Rumanía?

Carta a un amor que no se dio.

Caí en aquel lugar por nostalgia, fui llevado allí por mi libre albedrío, sin nada premeditado. De hecho fui allí con el objetivo de pasar a escribir un rato. Los viajantes a veces necesitamos descansar, y mas cuando recorremos tantos kilómetros en tan poco tiempo. Me senté en un respaldo de madera y comencé a escribir, sin saber que podría pasar, solo deje que mi pluma fluya con mis pensamientos. Aún no recuerdo cuando fue que la vi por primera vez, pero en mi memoria esta presente sentada junto a un cantero, mejor dicho sobre él. No creo que lo sepa pero altero mis sentidos de una manera sin igual. Claro que algo tenía que pasar en una conexión así, y como por arte de magia terminamos comiendo todos en su casa. Esta claro que ama la cocina, quizás algún día se entere que yo también y que no pudo estar mas acertada con la elección del plan y la comida. A decir verdad había muchos chicos en aquella velada, no recuerdo si doce o catorce, pero yo no podía dejar de pensar en ella. No se su apellido, solo se parte de su nombre, y también se que despertó tantas cosas en mi que al día siguiente le escribí una carta, que por cobardía no me atreví a entregar y que conservo conmigo. Los amores que contengo son tantos y tantos que por ellos canto.