Archivo de la categoría: Fragmentos de Libros

El muro…

No dejaba de mirarme, con mirada dura. Comprendí bruscamente y me llevé las manos a la cara; estaba empapado en sudor. En ese sótano, en pleno invierno, en plena corriente de aire, sudaba. Me pasé las manos por los cabellos que estaban cubiertos de transpiración; me apercibí al mismo tiempo de que mi camisa estaba húmeda y pegada a mi piel: yo chorreaba sudor desde hacía por lo menos una hora y no había sentido nada. Pero eso no había escapado al cochino del belga; había visto rodar las gotas por mis mejillas y había pensado: es la manifestación de un estado de terror casi patológico; y se había sentido normal y orgulloso de serlo porque tenía frío. Quise levantarme para ir a romperle la cara, pero apenas había esbozado un gesto, cuando mi vergüenza y mi cólera desaparecieron; volví a caer sobre el banco con indiferencia.

Fragmento del muro. Jean Paul Sartre.

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Me levanté, me despedí de Goethe y del profesor, agarré mis cosas del perchero y salí
corriendo. Con estrépito aullaba dentro de mi alma el lobo dañino. Una formidable
escena se desarrolló entre los dos Harrys. Pues al punto comprendí claramente que esta
hora vespertina poco reconfortante tenía para mí mucha más importancia que para el
indignado profesor; para él era un desengaño y un pequeño disgusto; pero para mí, era
un último fracaso y un echar a correr, era mi despedida del mundo burgués, moral y
erudito, era una victoria completa del lobo estepario. Y era un despedirse vencido y
huyendo, una propia declaración de quiebra, una despedida inconsolable, irreflexiva y
sin humor. Me despedí de mi mundo anterior y de mi patria, de la burguesía, la moral y
la erudición, no de otro modo que el hombre que tiene una úlcera de estómago se
despide de la carne de cerdo. Furioso, corrí a la luz de los faroles, furioso y lleno de
mortal tristeza. ¡Qué día tan sin consuelo había sido, tan vergonzante, tan siniestro,
desde la mañana hasta la noche, desde el cementerio a la escena en casa del profesor!

Escribo que escribo…

Escribo. Escribo que escribo. En el pensamiento me veo escribiendo que escribo además me puedo ver viéndome que escribo. Me recuerdo escribiendo y lo mismo viéndome que escribía. Y me veo recordándome que me veo escribiendo y me recuerdo viéndome que me recuerdo que escribía y escribo viéndome escribiendo que me recordaba que me vi escribiendo que escribía y que escribo que escribía. Y además, me puedo imaginar escribiendo que ya escribí que me imaginaba que me veo escribiendo que escribo.

Salvador Elizondo, El grafógrafo.

 

 

 

Fragmento La nausea – Jean Paul Sartre.

“De pronto perdí mi apariencia de hombre, y vieron un cangrejo que
escapaba a reculones de esa sala tan humana. Ahora el intruso desenmascarado
ha huido: la sesión continúa. Me irrita sentir en mi espalda todo ese hormigueo
de ojos y pensamientos espantados. Cruzo la calzada. La otra acera corre a lo
largo de la playa y de las casetas de baño.
Hay muchas gentes paseando a la orilla del mar, contemplando el mar con
rostros primaverales, poéticos; es por el sol, están de fiesta. Mujeres vestidas de
claro, que se han puesto la ropa de la primavera anterior, pasan largas y blancas
como guantes de cabritilla charolada; también hay muchachos altos que van al
liceo, a la escuela de comercio, viejos condecorados. No se conocen, pero se
miran con aire de connivencia porque el tiempo es tan bueno y son hombres. Les
hombres se besan sin conocerse los días de declaración de guerra; se sonríen a
cada primavera. Un sacerdote avanza a pasos lentos, leyendo su breviario. Por
momentos levanta la cabeza y mira el mar con aire aprobador: también el mar es
un breviario, habla de Dios. Colores ligeros, ligeros perfumes, almas de
primavera. “Hace buen tiempo, el mar es verde, prefiero este frío seco a la
humedad” ¡Poetas! Si tomara a uno por las solapas del abrigo, si le dijera “ven en
mi ayuda”, pensaría: “¿Qué es este cangrejo?” y huiría dejándome el abrigo entre
las manos.
Les vuelvo la espalda, me apoyo con las dos manos en la balaustrada. El
verdadero mar es frío y negro, lleno de animales; se arrastra bajo esta delgada
película verde hecha para engañar a las gentes. Los majaderos que me rodean
cayeron en el lazo; sólo ven la delgada película; ella prueba la existencia de Dios.
¡Yo veo lo que está debajo! Los barnices se derriten, los brillantes pellejitos
aterciopelados, los pellejitos de durazno del buen Dios estallan por todas partes
bajo mi mirada, se hienden y entreabren. Ahí viene el tranvía de Saint-Elémir,
giro sobre mí mismo y las cosas giran conmigo, pálidas y verdes como ostras.
Inútil, era inútil saber puesto que no quiero ir a ninguna parte.”

Fragmento de Memorias de Adriano.

Cuando considero mi vida, me espanta encontrarla informe. La existencia de los héroes, según nos la cuentan, es simple; como una flecha, va en línea recta a su fin. Y la mayoría de los hombres gusta resumir su vida en una fórmula, a veces jactanciosa o quejumbrosa, casi siempre recriminatoria; el recuerdo les fabrica, complaciente, una existencia explicable y clara. Mi vida tiene contornos menos definidos. Como suele suceder, lo que no fui es quizá lo que más ajustadamente la define: buen soldado pero en modo alguno hombre de guerra; aficionado al arte, pero no ese artista que Nerón creyó ser al morir; capaz de cometer crímenes, pero no abrumado por ellos. Pienso a veces que los grandes hombres se caracterizan precisamente por su posición extrema; su heroísmo está en mantenerse en ella toda la vida. Son nuestros polos o nuestros antípodas. Yo ocupé sucesivamente todas las posiciones extremas, pero no me mantuve en ellas; la vida me hizo resbalar siempre.

 

Autora: Marguerite Yourcenar.