Archivo de la categoría: Fragmentos de Libros

Calle paraguay 002

De pronto me paré asustado. Acababa de ocurrírseme que si tenía carta de mi Rubia no podía ser jamás aquella que yo me recitaba, porque ésa era una invención mía. Y desde entonces procuré desviar mi pensamiento de las palabras que me habría gustado que me escribiera, temeroso de que esas frases, que eran cabalmente las más deseadas, las más queridas de todas, se vieran excluidas del campo de las realizaciones posibles, por haberlas enunciado yo. Y si, con verosímil coincidencia, esa carta que yo había compuesto hubiera sido la que mi Rubia me escribiera, al reconocer mi propia obra, no habría tenido la impresión de recibir una cosa que no salía de mí, real, nueva, una dicha exterior a mi espíritu, independiente de mi voluntad, don verdadero del amor.

Anuncios

El muro…

No dejaba de mirarme, con mirada dura. Comprendí bruscamente y me llevé las manos a la cara; estaba empapado en sudor. En ese sótano, en pleno invierno, en plena corriente de aire, sudaba. Me pasé las manos por los cabellos que estaban cubiertos de transpiración; me apercibí al mismo tiempo de que mi camisa estaba húmeda y pegada a mi piel: yo chorreaba sudor desde hacía por lo menos una hora y no había sentido nada. Pero eso no había escapado al cochino del belga; había visto rodar las gotas por mis mejillas y había pensado: es la manifestación de un estado de terror casi patológico; y se había sentido normal y orgulloso de serlo porque tenía frío. Quise levantarme para ir a romperle la cara, pero apenas había esbozado un gesto, cuando mi vergüenza y mi cólera desaparecieron; volví a caer sobre el banco con indiferencia.

Fragmento del muro. Jean Paul Sartre.

Me levanté, me despedí de Goethe y del profesor, agarré mis cosas del perchero y salí
corriendo. Con estrépito aullaba dentro de mi alma el lobo dañino. Una formidable
escena se desarrolló entre los dos Harrys. Pues al punto comprendí claramente que esta
hora vespertina poco reconfortante tenía para mí mucha más importancia que para el
indignado profesor; para él era un desengaño y un pequeño disgusto; pero para mí, era
un último fracaso y un echar a correr, era mi despedida del mundo burgués, moral y
erudito, era una victoria completa del lobo estepario. Y era un despedirse vencido y
huyendo, una propia declaración de quiebra, una despedida inconsolable, irreflexiva y
sin humor. Me despedí de mi mundo anterior y de mi patria, de la burguesía, la moral y
la erudición, no de otro modo que el hombre que tiene una úlcera de estómago se
despide de la carne de cerdo. Furioso, corrí a la luz de los faroles, furioso y lleno de
mortal tristeza. ¡Qué día tan sin consuelo había sido, tan vergonzante, tan siniestro,
desde la mañana hasta la noche, desde el cementerio a la escena en casa del profesor!

Escribo que escribo…

Escribo. Escribo que escribo. En el pensamiento me veo escribiendo que escribo además me puedo ver viéndome que escribo. Me recuerdo escribiendo y lo mismo viéndome que escribía. Y me veo recordándome que me veo escribiendo y me recuerdo viéndome que me recuerdo que escribía y escribo viéndome escribiendo que me recordaba que me vi escribiendo que escribía y que escribo que escribía. Y además, me puedo imaginar escribiendo que ya escribí que me imaginaba que me veo escribiendo que escribo.

Salvador Elizondo, El grafógrafo.