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Fragmento de Memorias de Adriano.

Cuando considero mi vida, me espanta encontrarla informe. La existencia de los héroes, según nos la cuentan, es simple; como una flecha, va en línea recta a su fin. Y la mayoría de los hombres gusta resumir su vida en una fórmula, a veces jactanciosa o quejumbrosa, casi siempre recriminatoria; el recuerdo les fabrica, complaciente, una existencia explicable y clara. Mi vida tiene contornos menos definidos. Como suele suceder, lo que no fui es quizá lo que más ajustadamente la define: buen soldado pero en modo alguno hombre de guerra; aficionado al arte, pero no ese artista que Nerón creyó ser al morir; capaz de cometer crímenes, pero no abrumado por ellos. Pienso a veces que los grandes hombres se caracterizan precisamente por su posición extrema; su heroísmo está en mantenerse en ella toda la vida. Son nuestros polos o nuestros antípodas. Yo ocupé sucesivamente todas las posiciones extremas, pero no me mantuve en ellas; la vida me hizo resbalar siempre.

 

Autora: Marguerite Yourcenar.

Cielo estrellado

La carretera se encontraba en total oscuridad. Salvo por la luz que emanaba de su motocicleta. Decidió que aquel era un excelente lugar para detenerse a descansar y apaciguar así la fatiga acumulada del viaje. El cielo por su parte estaba minado de estrellas y se podía apreciar el polvo que se suele ver en las noches sin lunas y sin contaminación lumínica. Así fue que freno para contemplar la noche y disfrutar de un cigarro. Aminoro la marcha y se detuvo en la entrada a una estancia donde estaría a salvo de los peligros del tráfico. Estaciono su moto y se sentó cómodamente sobre ella. El clima era cálido, típico de aquellas latitudes donde uno puede estar en manga corta en plena noche y aun así no sentir frio. Armo pacientemente su cigarro lo encendió y se quedó contemplando el firmamento. Entre aquellos árboles frondosos podía distinguir las distintas constelaciones que a pesar de no saber su nombre le producían un cierto regocijo del alma difícilmente expresable con palabras. Pensó para sí que cuanta gente se privaría de aquellos pequeños placeres que regala la noche y que no pueden ser comprados en ningún escaparate. Cada tanto algún coche pasaba por allí interrumpiendo con aquellas luces que encandilan su meditación nocturna. Al terminar su cigarro, abrió la mochila y busco el estuche que contenía la armónica. Quería agregarle a aquella velada el toque único que ofrece la música cuando está acompañada del más profundo silencio y le da más anhelada soledad. Las notas fluían con una armonía celestial, elevándose una a una en una constante cadena espiral que se dirigía hacia el cielo brillante. La noche estaba desvelada. Comprendió en aquel momento que su esencia, su materia y su efímera existencia estaban compuestas de la misma sustancia que brillaba allí a lo lejos. También pudo comprender que no todo lo que se observa está determinado a ser real y pensó que aquellas estrellas podían encontrarse muertas hacer millones de años y que era una efímera ilusión aquella luz que recibía. Todo ello fluía en su cabeza mientras su boca aspiraba y resoplaba armoniosas melodías. Se encontraba en medio de la noche meditando y pensando que tal vez la vida le regalara un nuevo amanecer.

Fragmento del libro ¿Que harías por amor?

…Era el cumpleaños del abuelo de las hermanas y él era el invitado que desentonaba en aquella ceremonia. Quizás el hecho de ser amigo del nieto y de encontrarse sin familiares en aquel país lejano haya logrado cierta compasión por parte de aquella familia y ese haya sido el motivo por el cual formaba parte de aquella fiesta familiar. Una noche cálida de verano que lo encontraba haciendo el asado junto a su amigo, hacer es una manera dulce de decir que simplemente estaba allí con su amigo hablando de diversos temas como lo hacían siempre. Porque la realidad es que en aquella amistad tenían lugar las mejores conversaciones, desde los asuntos políticos actuales, libros que se habían leído o se encontraban leyendo, películas, deportes, música, cualquier tema era buen tema dentro de aquella amistad y se desarrollaba con la más natural comodidad y fluidez. Contrariamente a lo que indica el famoso dicho, a buen entendedor pocas palabras, en aquella amistad había entendimiento y había palabras. El asunto es que lejos de sentirse como sapo de otro pozo el invitado disfrutaba de aquella compañía, se sentía como en casa. Para él, que se encontraba distante de su núcleo familiar sanguíneo aquello significaba un ambiente familiar ameno del cual poder aprender usos y costumbres y porque no socializar. Aunque como aventurero que fue y que sigue siendo, siempre creyó que el hombre no debía estar determinado a una existencia sumamente sedentaria, sino que tenía que hacer y deshacer a su gusto, desplazarse por el mundo con la misma naturalidad con la que uno va a hacer los mandados o al médico. Por aquel motivo, en el cual depositaba toda su convicción, había emigrado a su temprana edad de Europa buscando culturas más cálidas. Mal no le iba. Se encontraba de celebración en celebración, siempre rodeado de buenas amistades, de gente alegre, sociable, feliz, exactamente como él. En aquel momento junto a su amigo ayudándole en las pequeñas labores en las cuales podía tomar parte, como lo eran poner un leño al fuego, acomodar la parrilla o simplemente preparar el siguiente trago para que él y su amigo entre charla y charla al calor del fuego no se deshidrataran. Era el primer cumpleaños del abuelo postizo que presenciaba y sentía curiosidad por conocer a los restantes familiares que, a decir verdad, salían uno a uno hacia el patio trasero donde se encontraba la parrilla y la pileta. Poco a poco fue saludando a los familiares que iban llegando y en breves presentaciones y entre diálogos típicos que son generados para romper el hielo, fue conociendo a los integrantes de la familia. Aquella vez algo distinto ocurrió. Tras terminar de cocinar el asado y disponerlo en bandejas para servirlo a la familia debía tomar lugar en la mesa que estaba dispuesta en forma de herradura. El invitado entro junto a su amigo y comprobó una curiosa situación que le provoco un leve ataque de pánico. Observo que cada familiar había tomado su lugar en aquella mesa, y que solo restaban dos lugares para ocupar, el de él y el de su amigo. Miro a su amigo y este le dijo, con total naturalidad, que se sentara dónde quisiera. Todos esperarían que en una reunión familiar donde el invitado no conoce a toda la familia, este en todo momento apadrinado por el compañero, en este caso algo curioso había pasado. Los dos lugares disponibles para sentarse se encontraban delante de ambas jóvenes. Creo que no les introduje en esta historia aquellas dos hermanas. Me tomare el tiempo necesario para aclarar un par de asuntos pendientes. Este invitado no resulto simplemente eso, sino que como suele suceder en tantas y tantas historias de amigos y hermanas, este invitado se había enamorado de una de ellas, la menor. Por vergüenza o por miedo al que dirán de su mejor amigo, evito tomar cartas en el asunto, hasta que un día no aguanto mas y la invito a salir a través de Internet. Obviamente la respuesta fue negativa, quedando nuestro personaje herido ante tal situación, por ver como aquel amor se evaporaba en puras fantasías. Nuestro personaje comprendió prontamente que se trataba de un amor platónico decidió no insistir en el asunto. Pronto comprendió que, a pesar de todo, aquella joven bella no formaba parte de los planes iniciales y se aseguró de que su conciencia no pensara más en ella y se centraría tan solo en aquella amistad tan enriquecedora y gratificante. El tiempo fue pasando y aquel joven tuvo sus noviazgos con lo cual aquella historia con la hermana de su mejor amigo quedo tan solo en un gracioso recuerdo objeto eso sí, de constantes cargadas por parte de amigos y conocidos. Cierto día, como es lógico que ocurra en casa de los amigos, poco a poco fue conociendo a la otra hermana, la mayor. Está claro que con visitas esporádicas y con la timidez que representan aquellos encuentros, no podía conocer en profundidad a la otra hermana, pero si sus gustos y costumbres. Fue así que el joven poco a poco se fue interesando en los gustos particulares de la otra joven y bella muchacha. Claro que esta vez no tropezaría de nuevo con la misma piedra y evitaría caer en invitaciones que son factibles de rechazar, como lo son las invitaciones a través de Internet. A pesar de ello aquel joven se animó a invitarla a salir logrando así un nuevo rechazo, parece ser que es verdad que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Una vez más este joven osado era rechazado por la hermana de su mejor amigo. No una, sino dos veces. A pesar de toda la amistad perduraba, y en aquella noche en la que se encontraba frente a una encrucijada. Las sillas no estaban dispuestas de manera azarosa, sino que cada una de ellas se encontraba frente a una de las jóvenes, obligando así al invitado a que obtura por uno de los lugares. Cada lugar a ocupar se encontraba en un extremo de aquella mesa con forma de herradura. Como si la suerte lo pusiera a prueba. Pensó un instante y con la rapidez natural de un mago escapista logro resolver aquella situación más que complicada. Tomo la silla de uno de los lugares, y la coloco junto a la otra. Demostrando así que se encontraba allí por la amistad con su amigo, y dejando de lado aquellos pequeños deslices del pasado.

 

No publicar falta editar.

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El castillo de mi Doncella.

(SALVADOR ELIZONDO)

EL GRAFÓGRAFO

Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.

 

Un texto que leí alguna vez y que me gustaría compartir.

Fragmento de “La Nausea” – Jean Paul Sartre

De pronto perdí mi apariencia de hombre, y vieron un cangrejo que
escapaba a reculones de esa sala tan humana. Ahora el intruso desenmascarado
ha huido: la sesión continúa. Me irrita sentir en mi espalda todo ese hormigueo
de ojos y pensamientos espantados. Cruzo la calzada. La otra acera corre a lo
largo de la playa y de las casetas de baño.
Hay muchas gentes paseando a la orilla del mar, contemplando el mar con
rostros primaverales, poéticos; es por el sol, están de fiesta. Mujeres vestidas de
claro, que se han puesto la ropa de la primavera anterior, pasan largas y blancas
como guantes de cabritilla charolada; también hay muchachos altos que van al
liceo, a la escuela de comercio, viejos condecorados. No se conocen, pero se
miran con aire de connivencia porque el tiempo es tan bueno y son hombres. Les
hombres se besan sin conocerse los días de declaración de guerra; se sonríen a
cada primavera. Un sacerdote avanza a pasos lentos, leyendo su breviario. Por
momentos levanta la cabeza y mira el mar con aire aprobador: también el mar es
un breviario, habla de Dios. Colores ligeros, ligeros perfumes, almas de
primavera. “Hace buen tiempo, el mar es verde, prefiero este frío seco a la
humedad” ¡Poetas! Si tomara a uno por las solapas del abrigo, si le dijera “ven en
mi ayuda”, pensaría: “¿Qué es este cangrejo?” y huiría dejándome el abrigo entre
las manos.
Les vuelvo la espalda, me apoyo con las dos manos en la balaustrada. El
verdadero mar es frío y negro, lleno de animales; se arrastra bajo esta delgada
película verde hecha para engañar a las gentes. Los majaderos que me rodean
cayeron en el lazo; sólo ven la delgada película; ella prueba la existencia de Dios.
¡Yo veo lo que está debajo! Los barnices se derriten, los brillantes pellejitos
aterciopelados, los pellejitos de durazno del buen Dios estallan por todas partes
bajo mi mirada, se hienden y entreabren. Ahí viene el tranvía de Saint-Elémir,
giro sobre mí mismo y las cosas giran conmigo, pálidas y verdes como ostras.
Inútil, era inútil saber puesto que no quiero ir a ninguna parte.

Breve historia de un romance…

Él se encontraba más nervioso que de costumbre, pues este sería el segundo encuentro después de aquella primera cita. Habían acordado verse en la casa de la abuela de ella, que para esas horas ya se encontraría durmiendo plácidamente. Así fue que le dio las instrucciones de cómo llegar y qué hacer cuando estuviera frente a su puerta. Era sencillo, cuando llegara a la dirección acordada, abriría lentamente el pasador de la reja principal, con mucho cuidado porque el óxido acumulado por paso del tiempo generaría un leve chirrido que podría alarmar a los perros de los vecinos, luego abriría la puerta del garaje, caminaría con sigilo esquivando los objetos allí presentes y al llegar al final abriría la puerta trasera, que daba a la galería interna de la casa. Allí estaría ella esperándolo con un traje de lencería y una botella de vino. Así fue que con paciencia espero el autobús que lo llevaría hacia la localidad vecina. Unos treinta kilómetros separaban aquel amor, pero la distancia desaparece cuando la pasión se hace presente. Ella lo pensaba constantemente, tanto que olvidaba las llaves puestas, tropezaba en cada vereda, olvidaba modales y se encontraba constantemente como en un limbo existencial; para colmo había cogido una adicción a la comunicación, tanto que no podía dejar de escribirle, cosa que a él ciertas veces le molestaba. Se encontraba tan emocionada de haber encontrado tal espécimen de joven que había comentado a cada una de sus amigas lo que había ocurrido entre ellos en aquella primera cita. Pero esta noche era distinta para ella, sería el primer encuentro romántico. Se sentía algo nuevo para los dos, pues solo se conocían hace unos días y la mayoría del dialogo había sido a través de los mensajes. Sin duda era algo moderno. Ambos sabían, dada la previa excitación del dialogo, lo que les esperaba, pero no podrían imaginar lo que sucedería.

La luna llena alumbraba el cielo que se encontraba totalmente despejado. El ómnibus llego después de una larga espera. Subió y partió al encuentro. Llego y al bajar observo que el lugar estaba bastante despoblado. Camino según las indicaciones que ella le había proporcionado. Al llegar supo que era la casa por la reja oxidada que se encontraba en la entrada, a unos diez metros de la casa. Con cuidado movió el pasador cerciorándose de generar el menor ruido posible. Luego se acercó a la puerta del garaje y observo que se encontraba levemente abierta. Entro sigiloso. El garaje se encontraba en penumbra y de fondo se escuchaban los grillos que cantaban en el patio delantero. Camino con cuidado y unos metros delante observo otra puerta entreabierta y un hilo de luz roja que se filtraba por el espacio que se hallaba entre el marco y la puerta. Al llegar a la puerta se detuvo. Una mezcla de nervios y timidez invadió su cuerpo. Abrió la puerta y allí estaba ella. Radiante con su vestido de encaje, sentada en el suelo. La luz roja procedía de un velador con una mampara, que con forma cónica vertía sobre las paredes ese intenso color rojo. Él se acercó en silencio. La mirada lo decía todo. Ella vertió el vino en ambas copas y brindaron. Apoyaron las copas en el suelo e hicieron el amor, o el amor lo hizo a ellos.

Continuara…