Todas las entradas por Aliweboaghe

Traductor público de Rumano por hobby. Fanático de la lectura y de la cultura en general. Escritor de mi propia existencia.

RIMA II (Rimas Gustavo Adolfo Becquer)

Saeta que voladora
cruza, arrojada al azar,
sin adivinarse dónde
temblando se clavará;
hoja del árbol seca
arrebata el vendaval,
sin que nadie acierte el surco
donde a caer volverá;.
gigante ola que el viento
riza y empuja en el mar,
y rueda y pasa, y no sabe
qué playa buscando va;
luz que en los cercos temblorosos
brilla, próxima a expirar,
ignorándose cuál de ellos
el último brillará;
eso soy yo, que al acaso
cruzo el mundo, sin pensar
de dónde vengo, ni a dónde
mis pasos me llevarán.

Amanecer

En aquel colectivo sincero
nos perdimos en los besos
se hacía carne el amanecer
nosotros piel y hueso
la esperanza amiga
de los dulces te quiero
el corazón sincero
liberaba su fatiga
hundidos en ilusión
aquella luz se apagó
breve destello
que nos atravesó
de pronto la oscuridad
-profunda y cruda soledad-
ya no tenías mi mano amiga
ya no tenía tu sinceridad
nos perdimos en la noche
con palabras extrañas
sufrimos el derroche
caluroso de las entrañas
no tenías mis palabras
no tenía tus miradas
no tenías mi alegría
no tenía tu llamada
los perdimos todo
en fulguroso instante
como se pasa la vida
como todo es distante

Ajedrez

Nuestro amor fue una partida de ajedrez
donde entre combates silenciosos
disputábamos el orgullo.
Saltabamos los recuerdos
con jugadas maestras,
encerrábamos la pasión
entre castillos de peones.
Yo había perdido mi reina,
aun recuerdo su jugada.
!Como podría olvidarla!
Si como una estacada
en mi pecho marcada
dejo aquella daga.
Fue un movimiento
sutil pero certero.
Una buena jugada.
Encrucijada al alma
jaque al corazón.
Seguí combatiendo
analizando su mirada,
más en su impiedad
continuo insistiendo
y termino la jugada,
jáque al alma
máte al corazón.

 

Fragmento de Memorias de Adriano.

Cuando considero mi vida, me espanta encontrarla informe. La existencia de los héroes, según nos la cuentan, es simple; como una flecha, va en línea recta a su fin. Y la mayoría de los hombres gusta resumir su vida en una fórmula, a veces jactanciosa o quejumbrosa, casi siempre recriminatoria; el recuerdo les fabrica, complaciente, una existencia explicable y clara. Mi vida tiene contornos menos definidos. Como suele suceder, lo que no fui es quizá lo que más ajustadamente la define: buen soldado pero en modo alguno hombre de guerra; aficionado al arte, pero no ese artista que Nerón creyó ser al morir; capaz de cometer crímenes, pero no abrumado por ellos. Pienso a veces que los grandes hombres se caracterizan precisamente por su posición extrema; su heroísmo está en mantenerse en ella toda la vida. Son nuestros polos o nuestros antípodas. Yo ocupé sucesivamente todas las posiciones extremas, pero no me mantuve en ellas; la vida me hizo resbalar siempre.

 

Autora: Marguerite Yourcenar.

Esperanza

Si alguien la vio díganle que la extraño
que su recuerdo viviente hace daño
que entre noche y noche añoro y me pierdo
que entre paso y paso sufro y muero

Las distancias minan y matan
me matan las minas de este espacio
soy la hoja que arrebata el vendaval
soy el dolor del que actuó mal

Circunstancias ajenas entre lágrimas de cristal
caen, se rompen crujen y desaparecen
en cada paso está el ocaso de la distancia
en cada suspiro el cuerpo perece

Díganle que aun recuerdo sus palabras
que aquel en aquel tiempo brillaba el alma
el sol iluminaba la conciencia clara
y había Esperanza, la había

Cielo estrellado

La carretera se encontraba en total oscuridad. Salvo por la luz que emanaba de su motocicleta. Decidió que aquel era un excelente lugar para detenerse a descansar y apaciguar así la fatiga acumulada del viaje. El cielo por su parte estaba minado de estrellas y se podía apreciar el polvo que se suele ver en las noches sin lunas y sin contaminación lumínica. Así fue que freno para contemplar la noche y disfrutar de un cigarro. Aminoro la marcha y se detuvo en la entrada a una estancia donde estaría a salvo de los peligros del tráfico. Estaciono su moto y se sentó cómodamente sobre ella. El clima era cálido, típico de aquellas latitudes donde uno puede estar en manga corta en plena noche y aun así no sentir frio. Armo pacientemente su cigarro lo encendió y se quedó contemplando el firmamento. Entre aquellos árboles frondosos podía distinguir las distintas constelaciones que a pesar de no saber su nombre le producían un cierto regocijo del alma difícilmente expresable con palabras. Pensó para sí que cuanta gente se privaría de aquellos pequeños placeres que regala la noche y que no pueden ser comprados en ningún escaparate. Cada tanto algún coche pasaba por allí interrumpiendo con aquellas luces que encandilan su meditación nocturna. Al terminar su cigarro, abrió la mochila y busco el estuche que contenía la armónica. Quería agregarle a aquella velada el toque único que ofrece la música cuando está acompañada del más profundo silencio y le da más anhelada soledad. Las notas fluían con una armonía celestial, elevándose una a una en una constante cadena espiral que se dirigía hacia el cielo brillante. La noche estaba desvelada. Comprendió en aquel momento que su esencia, su materia y su efímera existencia estaban compuestas de la misma sustancia que brillaba allí a lo lejos. También pudo comprender que no todo lo que se observa está determinado a ser real y pensó que aquellas estrellas podían encontrarse muertas hacer millones de años y que era una efímera ilusión aquella luz que recibía. Todo ello fluía en su cabeza mientras su boca aspiraba y resoplaba armoniosas melodías. Se encontraba en medio de la noche meditando y pensando que tal vez la vida le regalara un nuevo amanecer.