Las palabras

Pero tuvieron que hablarme de los autores. Mi abuelo
lo hizo con tacto, sin calor. Me enseñó los nombres
de esos hombres ilustres. Cuando yo estaba solo, me
recitaba la lista, desde Hesíodo hasta Hugo, sin una
falta: eran los Santos y los Profetas. Charles Schweitzer,
según decía, les consagraba un culto. Sin embargo, le
molestaban. Su inoportuna presencia le impedía atribuir
directamente al Espíritu Santo las obras del Hombre.
Así es que tenía una preferencia secreta por los anónimos,
por los constructores que habían tenido la modestia
de eclipsarse tras sus catedrales, por el innombrable
autor de las canciones populares. No le disgustaba Shakespeare,
cuya identidad no estaba establecida. Ni Homero,
por la misma razón.

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