Asi es la libertad de Enrique Uzal y Domingo Platerotti

Con mi razón o sin ella, apartando al que se oponga
he de seguir meta y ponga, sin ladearme de la huella.
Porque no me hace ni mella perderme en la soledad
hundirme en la inmensidad a paso lerdo, tranquilo…
Porque aún no se ha hecho el filo que corte mi libertad.

Cabalmente pienso y hago, sin darle cuenta a ninguno
mi libertad no es vacuno que se vende al mejor pago.
Ofrezca que no es amago y tomelo como quiera
mi libertad no es tranquera abierta al primer mandón.
Pa’ un libre no hay mas patrón que la madre y la bandera.

Pa’ mi no existe caudillo que doblegue mi conciencia
como señal de obediencia solo ante Dios me arrodillo.
Hombre que saca el cuchillo y ante el peligro lo arrolla
y a la libertad la apoya con su fé y en su derecho,
es que a mamau en un pecho de mujer sangre criolla.

Sangre cuyos cuajarones son medallas conquistadas
en mil gloriosas patriadas y en muchas revoluciones.
No se arrean a empujones mi ideal ni el sentimiento
sobra la hilacha de un tiento pa’ un desmadrau, para un guacho.
Aprende a ser libre el macho oyendo rugir al viento.

La libertad hay que llevarla, con honor, con honradez
es decir… con la altivez que uno supo conquistarla.
Al que no sepa cuidarla se la quitarán mañana
la libertad es soberana cuando un varón es de ley.
La libertad no es un buey que responde a una picana.

Ni es tampoco revencazo asestau a las costillas
ni bisagra en las rodillas ni doblez en el espinazo.
La libertad es trompetazo de victoria en la pelea
es banderín que flamea al tope de una tacuara.
Es un potro que dispára o un aguila que aletea.

Es también fecundo tajo en las criollas cementeras
gorro frigio en las manseras simbolizando al trabajo.
Es el puño de un badajo cacheteando a una campana
que va pregonando, ufana, que en esta tierra argentina,
la libertad no es propina, solo peleando se gana.

Es así la libertad, que es pregón en nuestro himno
escudo, estandarte, signo, de nuestra argentinidad.
Santa palabra, verdad, por los libres venerada
fogón cuya llamarada ningún despota apagó.
Herencia que nos legó, nuestro Santo de la Espada.

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